martes, 16 de enero de 2007

El mito de Casandra (o los peros de la felicidad)

La felicidad es como una nochevieja, que nunca es completa. Puede tener cien mil alicientes, pero siempre faltará algo que nos haga gritar orgullosos "ahora si, desearía quedarme de por vida en este estado".

¿A qué viene esto? Pues a que una persona muy allegada a mi tiene el trabajo de su vida, ese por el que ha estado estudiando largos años, sacando oposiciones, perdiendo fiestas, etc... No es nada del otro mundo temporalmente hablando, pero es bastante y sobre todo un trampolín excelente. Hasta ahí todo bien.

El trabajo es fuera. No muy lejos, pero fuera. Hay que separarse de la familia, los amigos, los más que amigos, etc... A lo mejor en otra ocasión, unos meses antes, esta podría ser la mejor noticia de su vida. Y ahora lo es, pero con peros (valga la redundancia). Deja más cosas de las que quisiera, aunque realmente no deja nada. Está cerca, muy cerca, pero no está aquí. ¿Qué diferencia hay entre estar a 5 kilómetros o a 5.000 si a ninguna de las dos se llega con las manos?

Pues precisamente esa es la salsa de la vida. A Casandra le dieron el poder de ver el futuro, pero por no ceder a ciertos favores la condenaron a no ser creída. Si no hubiera sido la leche, pero entonces no tendría gracia. La gracia de una buena juerga, por ejemplo, es la resaca, y la gracia de la resaca es quedar a la tarde siguiente con los amiguetes de parranda y discutir sobre cual es el que tiene más ganas de morir en ese instante. La gracia de un buen viaje es el recuerdo que nos queda, la vuelta a la rutina, que es donde realmente nos damos cuenta de la importancia de lo vivido.

Si todos fuéramos plenamente felices esto sería un desastre. Para empezar los que nos dedicamos a reparar cosas nos tendríamos que ir a Francia a por uvas. Los que nos molestamos al ver gente extremadamente contenta no podríamos ni quejarnos. No habría rupturas amorosas, con lo que no habría consuelo posible y los amigos perderíamos una de nuestras principales funciones, así como los camareros y chicas de alterne.

En resumen, que la felicidad completa no existe, más que nada por que ni es plausible ni práctica. Con el paso del tiempo se han ido creando nuevas profesiones. Si somos sinceros, y quitando a lo mejor un 10% de ellas, el resto básicamente se dedica a reparar personas, cabezas, tecnología, cosas varias, etc... Antes había 4 psicólogos, ahora tenemos casi más que móviles.
De ser todos felices se daría la incongruencia de que el ser felices haría miserable a mucha gente, así que como buenos hermanos que somos (no hay más que ver el telediario) lo que hay que hacer es repartirla. Y de esa manera se consigue que nadie esté contento con nada, pero al menos estamos iguales, que ya es un avance.

A centrarse en el tema que ya se va uno por las ramas. Es una putada que todas las cosas buenas que nos sucedan traigan debajo de la manga alguna putadilla para compensar. ¿Qué consigues por fin la moto de tus sueños? pues cuando más contento estás viene el del concesionario y te dice que son 10.000 euros. Al carajo la ilusión. ¿Que te tocan los ciegos? Pues vendrá hacienda (que como somos todos por eso es tan cabrona, coged la joputez de cada uno y multiplicad por 40 millones, los números al final salen) y al carajo nuevamente.

¿Qué podemos hacer entonces? Pues básicamente jodernos. Habrá que diga que hay que luchar por conseguir los sueños de cada uno, y no lo niego en absoluto, pero en toda lucha hay bajas, así que al final vuelve a compensarse la ecuación. La cuota de realización y felicidad tiene que ser si no equivalente al menos un 75% de la de miseria y desgracia. Eso por cabeza, a nivel global mejor no hablar.


Así que como ahora mismo estoy contento y feliz y triste y miserable a la vez, me voy al bar a tomarme una caña, que además de no hacerle mal a nadie relaja que es una barbaridad.

Salud y suerte

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