miércoles, 7 de mayo de 2008

Adoro mi barrio (II)

Un martes cualquiera de un mes cualquiera de un año cualquiera, vamos, un martes y punto. Por vicisitudes de la vida a eso de las tres y media del mediodía tengo que acercarme al piso nuevo a recoger unas cosas. Una vez terminados los mandados, y ya que tenía la moto en la calle, decido volver al barrio para echarme el cafelillo de rigor.

Bueno, por eso y por que el bareto habitual cierra los miércoles.

El caso es que ahí estaba yo, con mi casco sobre la barra pidiéndome un descafeinado de máquina (madre mía, con lo que yo he sido...) y observando lo que sucedía a mi alrededor.

A mi izquierda un parroquiano (que suelo encontrar en ese bar cada vez que voy) tomando una cerveza en traje de faena. Junto a su cerveza un cubalibre del camarero que lo acompañaba y a mi derecha una mesa de madera con una cruz hecha a base de arrastrar las monedas jugando a las cartas con cuatro habituales jugando a las cartas.

No se exactamente a lo que jugaban, aunque se a ciencia cierta que a eso he jugado yo antes: se reparten todas las cartas y el que empieza suelta una en la mesa, entonces bien pones encima una del mismo palo o bien una del mismo valor, en cuyo caso gana la de más valor y el que se lleva el montón comienza. Luego se cuenta no se como (soy de letras) valiendo más cuanto más alta sea la carta, con el as como principal.

Entra uno por la puerta, pantalón azul de mono, camisa de franela abierta hasta casi el ombligo y camiseta de tirantes que a duras penas retiene la prominente barriga. Pregunta si alguien con barba ha venido a buscarlo, pero aún no, así que se pide café y copa, e invita a los de la mesa a acompañarlo.

En estas veo al camarero tijera en mano para recortar los cupones del AS, le pregunto por lo que se promociona ahora y eso desemboca en una conversación sobre... indescriptible de quince minutos. El de la camisa de franela sale como alma que lleva el diablo al ver al tío con barba con el que había quedado, y los de la mesa preguntan que donde va Miguel tan corriendo. Entra otro señor por la puerta, se sienta y pregunta por Miguel. "Acaba de irse, había quedado con uno" le digo yo, y eso vuelve a desembocar en una nueva conversación de quince minutos.

Y caramba, un día es un día, así que me pido una copilla de pacharán. "Paco, ponme un pacharán". Y es que hasta que no llamo a los camareros por su nombre, y viceversa, eso ni es bar ni es nada. Meneo el vaso (que a mi el pacharán me gusta meneado, que no agitado) y paladeo gustosamente el dulce licor. Queda un cuarto de hora para abrir, así que apresuro el último sorbo y cuando me vuelvo a pedir un vaso de agua y la cuenta veo que el camarero está jugando a los dados con otros dos clientes.

Me cachis, ya me hubiera gustado meterme en la partida, pero primero la obligación y después la devoción. Así que muy a mi pesar salgo, me monto en la moto y atravieso medio pueblo, metiéndome paulatinamente entre coches, más coches, muchos más coches, pitidos, gente cruzando, etc... hasta llegar a la tienda.

Entro, enciendo las luces, los equipos, me siento en el taburete mientras todo arranca y pienso... joder, que agustico se está allí. El proximo fin de semana repito estancia.

Y es que no se si lo había dicho pero... adoro mi barrio.

Salud y suerte

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