domingo, 16 de septiembre de 2012

Sin cables no hay paraiso

Hace ya algún tiempo, dos o tres décadas, empezaban a aparecer en los hogares los primeros teléfonos inalámbricos, todo un prodigio de la ciencia-magia.
En aquellos tiempos tener dos teléfonos en casa era todo un indicativo de pudencia económica. El problema de estos teléfonos arcaicos es que se solía escuchar mejor la conversación del vecino que tenía un modelo similar que las propias.

Raro era el mes que no había que llamar a telefónica para que comprobara la línea, ya que no había forma de mantener una conversación con estos chismes. Pero claro, los teléfonos eran cosa de la compañía, y no se podía (o esa era la creencia popular) instalar uno ajeno a sus cuotas de alquiler. De manera que una vez el técnico confirmaba su visita, todos los teléfonos desaparecían quedando sólo el góndola o el modelo que tuviéramos conectado a la roseta.

"Esto va como la seda, señora, no veo problema alguno en la línea". Y claro, con el técnico ya fuera de la casa se volvía a conectar los inalámbricos y volvía todo a estar como antes.

De aquello, decía, hará ya alguna que otra década. Pero la maldición de los no-cables sigue estando ahí aún en nuestros días.

Por tercera vez consecutiva, por tercer sábado, llega un cliente al que no le va el internet. La primera vez tenía una pequeña amalgama de antivirus, uno encima de otro. La segunda no tenía nada. Se enciende, busca redes, introduzco la clave de mi wifi del taller y ahí está el tío navegando como si de un Pinzón se tratara.

Se prueba delante del cliente y se va satisfecho. La tercera vez ya es más mosqueante. Sobre todo por que NUNCA ha funcionado. "¿Pero tu lo viste aquí que iba, no?" - "Si, si aquí si, pero en casa nada".

Vuelvo a comprobarlo, va todo. Miro la lista de Wifis a las que se ha conectado y tiene unas 15. Caramba, no son pocas. Así que, con la mosca detrás de la oreja, sigo buscando por el pc hasta dar con una serie de drivers que no estaban cargados pero estaban dañados. Ralink nosecuantos, pero el tiene una wifi Intel. Mmmmmmm "A ver, hijo mido: con qué tarjeta te conectas tu a internet?" - "Pues con la mía, mira que la polla" - "Ya, y dónde está?"- "Pues en mi casa, mira que la polla. La tengo por fuera de la ventana para poder llegar a la red del centro social" (Y donde digo "centro social" me refiero a ya sabéis que) (si, al vecino) (al vecino suyo, que hay que decirlo todo).

Así que tras una hora y media esperando, vuelve con su  flamante tarjeta de red, con sus flamantes drivers para XP y su flamante portátil con Windows7 supermegaenterprise de 64 o 65 bits por lo menos. Actualización por aquí, descarga por allá y el equipo funcionando a las mil maravillas con sus dos tarjetas.

El se fue contento, pero sin dejar de comentar que "a ver si a la tercera va la vencida". Yo me quedé con la típica cara del gilipollas que cobró una reparación pero perdió tres días. Y el que lo acompañaba insistía en que si no daba con la tecla que no pasaba nada, lo llevarían a otro técnico.

Así que ¿De quién es la culpa? y lo que es peor ¿Por qué se fue pensando que el fallo había sido mío cuando le había  demostrado una y otra vez que el problema lo tenía en casa y no en el taller?

C'est la vie, que dicen los bárbaros del norte.

Usando la manida metáfora del taller de coches, nunca se me ocurriría llevar mi coche nuevo al taller quejándome de que no anda nada, y no comentarle ni por encima al mecánico que la caravana de cienmil millones de toneladas que lastra la tengo en casa.

Como los teléfonos: para diagnosticar un problema hay que verlo en su entorno habitual. Es más, si el problema se soluciona una vez quitas los elementos que lo causan al llamar al técnico... ¿Para que carajo lo llamas?

Y es que no vemos más allá de una decisión de no comprendemos, o de una señal que va sin cables. Cosas de meigas.

Salud y suerte.