martes, 1 de agosto de 2017

Teatro... ¡Me ato!

A la vejez, viruelas, que dicen por ahí.
Este humilde servidor sufre, desde tiempos inmemoriales, una extraña enfermedad ficticia que le impide hablar en público. ¿La razón? Timidez extrema galopante. Inseguridad no es, cada palabra que he escrito la he escrito con conocimiento de causa, pero jamás he sido capaz de leerla en público. Delegar esa función me ha permitido participar, manquesea en un segundo plano, en cada lectura del ese flamante grupo al que pertenezco.

Las más de las veces el resultado fue satisfactorio, incluso mejorando el original. En alguna que otra ocasión se me quedó el regomello de "esta parte debería de ser con tal entonación" o "el énfasis era en esta frase, no en esa". ¿Qué podía hacer yo? ¿Leerlo? Sería lo lógico, pero ya he comentado lo de mi dolencia y tal.

Un día me envalentoné, efectos secundarios de la medicación, seguramente, y le dije a mi amiguete Nono: "hoygan, ustedes que son gentes del teatro y esas zarandajas, ¿No podría echarme una manica para tratar de conseguir hablar an público?". Ahí quedó la cosa.


Meses después, hace uno, concretamente, me llamó el susodicho con una oferta que no podría rechazar: ser parte del elenco de la obra teatral "El Cerco de Benzayde" que prácticamente es ya nuestra. ¿Qué iba yo a decir? Pues que sí, a ver, sacando pecho.

A los pocos días el primer ensayo, sorprendentemente regulero. lo suyo hubiera sido haberme hecho pis encima, pero nada más lejos. Siguiente ensayo medio bien, ya es otro cantar. Son dos líneas las que tengo que decir y la primera la bordo. La segunda se me atasca. Y se me atascará, ahora os contaré, vayamos por partes.

Primer ensayo bien, subidón de adrenaliza y ríete tú del Stanislavski ese. Segundo más o menos bien. Tercero... el tercero fue ya en el escenario: Patio de Armas de la Fortaleza de la Mota. Con luces, sonido, sillas, muchas sillas, más sillas, todo lleno de sillas.... Gente no, pero lo veía y escuchaba sin problema. Cagada total. "De donde no hay, no se puede sacar" pensé.

Llega el día del estreno. Platea a unos tres cuartos, pero eso es lo de menos: está mi señora y mi mediana viéndolo todo. Aquí he de hacer un matiz. Estrella, mi mediana, es la que más me ha chinchado para quitarle la tontería de hablar en público. Siempre que tenemos lectura de relatos y le digo que yo no leeré lo mío me dice "a ver, papá, es como cuando me cuentas el cuento por las noches, pero en vez de a mí se lo cuentas a tus amigos". Entre ella con sus ánimos y mi grande con sus cortos, no tuve más remedio que echarme al ruedo, manque fuera para ahorrar costes en actores el día de mañana.

A todo esto, que aún no lo había comentado, en la susodicha obra digo dos frases, más o menos en mitad.; así que estoy media hora esperando, medio minuto hablando, y vuelta a esperar otra media hora.

Todo va bien, de momento todo va bien. Es como un mantra hasta que llegó mi hora. Nervios extremos: había gente, mucha, y me miraban. Los escuchaba comentar. Me temblaban las trócolas hasta el punto de parecer más un martillo neumático que un pobre pastor de cabras al que han torturado hasta la confesión. La voz no me sale del cuerpo, las cuerdas vocales parecen maromas de barco, me agarro al bastón que tengo como Harold Lloyd al minutero en El Hombre Mosca. Tras unos segundos eternos consigo que todo termine y vuelvo a "camerinos".

"Muy bien, muy bien" me decían los compis. Claro, pa fusilarlos si encima me echan en cara haberla cagado. Pero el tema es que no salió mal del todo.

Llevaba, que lo habréis visto en las fotos de ahí arriba, un gorro que se me calló al arrodillarme. Así que al día siguiente, con bastante más confianza, pensé en quitármelo a caso hecho y pegármelo al pecho en señal de sumisión. Fetén quedó, para mi gusto, y muy orgulloso de mi actuación.

El tercer y último día vino un invitado inesperado: el exceso de confianza. Hay que tener nervios, pero nervios de los buenos. El tercer día ni de esos me quedaban ya. Se me olvidó mi báculo o garrote, que es donde me apoyaba para incorporarme en la segunda frase. Así que volvieron los nervios, pero sólo los malos. En mi segunda frase me quedé completamente en blanco. Tenía que decir "deben de estar abasteciéndose de otro pozo" pero no había manera de que saliera la puñetera frase. Unos segundos después, pocos de puertas afuera pero mil hacia dentro, el cerebro a mil por hora hasta que tuvo como mejor salida decir "habrán echado mano de otro pozo". 

Lejos de avergonzarme, que un poquito si que me lo merecía, quedé más que orgulloso: la había cagado y había podido salir del paso sin que se notara demasiado.

Así que fueron tres días, tres intentos: uno por defecto, otro por exceso y otro medio bien.

Espero que no se acabe todo ahí. El gusanico ha picado y ahora estoy deseando que se me presente algún proyecto, o bien ponerme tras los exámenes de septiembre a escribir una obra de teatro, o lo que sea, pero necesito escenario, necesito pasar fatigas, necesito disfrutar de algo que me he negado a mí mismo durante cuatro décadas y es de las pocas cosas que me arrepiento.

Antes de cerrar el post sólo me queda decir que nada de esto hubiera sido posible sin mis niñas que son mil veces más Artistas que yo, y sin todo ese elenco que al final hemos pasado a ser una pandilla más que curiosa.

Salud y mucha mierda.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

El olvido del báculo fue una broma del Sr. Cuervo, seguro.

Rafa Vera dijo...

En no diciendo que no, tampoco diré que sí. Dejémoslo en un "exceso de confianza"