jueves, 4 de octubre de 2018

El Viejo Artista Jubilado

Escultura de Bruno Catalano

El viejo artista jubilado regresa a casa. Quiere volver a sus orígenes para regar las raíces que tan alto le hicieron crecer.

No vuelve huyendo, nada más lejos, vuelve buscando. Siente que ha recibido tanto que tanto, o más, está obligado a devolver.

Son de ilusión, de alegría, las lágrimas que le caen hasta la barba blanca. Quiere, pero no puede, recordar la última vez que vio la fortaleza de La Mota. Tan mayestática, tan constante, tan eterna. Recuerda — ¿qué otra cosa le queda por hacer al viejo artista jubilado?— cuando la tierra tapaba la puerta de la iglesia. Cuando las Casas de Cabildo no eran más que un muelle donde representaba obras con sus amigos.


El viejo artista jubilado vuelve a casa tras más de medio siglo. Vuelve y pasea. Sus álamos ya no están, quedan apenas un par de los que le tuteaban. Le faltan tiendas, le faltan bares donde amanecer, pero no le falta el olor. Sigue estando. Alcalá le huele a letras, a pintura, a cincel contra la piedra yerma y a jardín de pinos y zumaques.

No pregunta, no habla con nadie. Quiere escuchar, no que le cuenten; ver, no que le muestren. Sale de aquel Paseo, antaño tan colorido, y busca sabiduría por entre las tabernas mientras arrastra su maleta, regalo del banco por un excesivo ingreso. El vino le gusta, más que quitarse una roncha seca, pero añora su artesanía. Hoy no: hoy la disfruta. Con el regusto del licor delicadamente preparado sube la calle Real. Ya no tiene veinte años. Le cuesta remontar el camino de su infancia.

Al viejo artista jubilado le faltan casas en esa cuesta. Entiende que eso de “renovarse o morir” es una máxima universal. Lo sabe bien, en su mundo es ley de vida. Encuentra conventos restaurados en lo que antes era un huerto más de recreo que de cultivo. Habla con los pájaros, presos en su hermoso palacio, y le cuentan todo lo que ha cambiado.

Ha coronado la calle. No entra en la fortaleza, se queda tumbado en los jardines para respirar. El oxígeno es como el gazpacho: cada pueblo tiene su propia receta autóctona. El oxígeno de Alcalá, el que baja de La Mota al pueblo para, como Sísifo, volver a bajar de los llanos, sabe distinto. Otro olor, otra textura que es a veces tangible y a veces etérea.

Duda el viejo artista jubilado: no sabe si entrar en la fortaleza o acompañar al aire cerro abajo. Duda porque es artista, va con el cargo. Duda porque sabe que no es lo que hace medio siglo fue. Será mejor, seguramente, pero no igual. Con los ojos cerrados inspira deseando todo el aire para sí. Despacio, muy despacio, zigzaguea por las calles adoquinadas. Le duelen los pies, las rodillas, pero es un dolor agradable.

Se plantea si ha sido buena idea volver. Sabe que él no importa, no es imprescindible para Alcalá. Sabe, también, que si todo sigue como antes habrá mil almas sedientas de historia, de música, de pintura, de letras, de poemas. Es su obligación, la labor del viejo artista jubilado, devolver lo recibido.

Ya ha respirado, ha mirado, ha escuchado. Ahora quiere contar. Disfruta de las casas señoriales hasta el Llanillo. Pasado el Pilar de los Álamos entra en la imprenta. En su maleta abultada está toda su obra: más de medio siglo de creación. La deja trabajosamente sobre el mostrador. La señora de la imprenta tiene una luz en los ojos que le transmite la sensación de haber acertado. No dice nada. La señora de la imprenta y el viejo artista jubilado se miran, se abrazan y él sale orgulloso sabiendo que todos los papeles de su valija están en buenas manos. Ya no son sus obras, pertenecen al pueblo.

Tan solo una nota, un post-it, pegado en el interior de la maleta, desentona con el resto de legajos:
“…pero algo quedará, mucho recibo,
y mucho a devolver me es obligado.
Así que devolver es mi destino.”

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