viernes, 23 de noviembre de 2018

La Mujer de la Mella


La mujer de la mella ya no sonríe. Hace tiempo dejó de hacerlo por falta de razones; hoy, por avergonzarse de sus dientes.

El chaval del herbolario la toma por antipática y no se esmera en atenderla bien. Frustrada, sale de la tienda con su compra semanal de hierbas. Tal vez comiencen pronto a hacer efecto, eso espera.


No tiene nombre, nunca lo ha tenido. Era la hija de su padre hasta que pasó a ser la mujer de Ramón. Ramón si tiene nombre, fincas y dinero. Lo que no tiene es la intención de desperdiciarlo en arreglarle la boca a su mujer.

Trabajando en el campo, junto al río, se partió el diente. En el campo de Ramón. No llegaba a veinte mil duros lo que pidió el dentista; demasiado para gastárselo en la mujer de la mella. Para vino no, ni para cartas, ni para otras mujeres. Para eso siempre tiene.

Sube lentamente las escaleras. Un tercero con el ascensor roto desde hace un lustro en una comunidad que adeuda más que ladrillos tiene. Al llegar no se atreve a sentarse. De entrar Ramón y verla parada ya sabe lo que le espera. Deja las bolsas en la encimera y vierte las hierbas en el potaje. Antes ha apartado su plato.

Prepara una lavadora con la ropa de Ramón. La fritanga y el sudor inundan el lavadero. Observa con atención sus calzoncillos. Lo bueno de Ramón es que es cerdo, se le puede hacer un seguimiento sólo mirando su ropa interior. Sonríe, por primera vez en mucho tiempo, al ver las máculas cada vez más rojas.

Con las lentejas en la mesa, los dos platos llenos, el vino y el pan, espera. Puede que cinco minutos, puede que hasta mañana. Eso no depende de ella, depende de con quién se haya juntado el marido de la mujer de la mella esta vez.

Respira hondo al escuchar el Land Rover y recoloca todo en la mesa para que esté perfecta.

Ramón entra tirando la camisa en una silla y dejando las botas y el barro a lo largo del pasillo. No importa, no hay que discutirle.

Ella saca de nuevo el tema de su diente, él no levanta la cabeza del plato que devora como un perro. Con gruñidos y golpes en la mesa, su único idioma, pide pan, más vino y otro plato con dos tajadas de chorizo. Al terminar se levanta, sus únicas palabras son “vaya mierda de comida”. Tira la servilleta al suelo y se tumba en el sofá.

La mujer de la mella quita la mesa, friega los platos, ordena la cocina. Recoge la ropa tirada, limpia las botas, echa a lavar la camisa y se sienta junto a Ramón.

Él se queja de dolor de estómago. Se retuerce en el sofá. Ella le sonríe.
— ¿Ves mi mella? ¿La ves? En cuanto te marches ella se irá contigo, cariño. —

Pocos días después la mujer de la mella entra en el herbolario. Le sonríe al dependiente como  si fuera un viejo amigo reencontrado tras años. Estrena diente y se enorgullece al enseñarlo.
—Hoy no, le dice, ya no necesito más esas hierbas. Dame crema para la piel y champú artesanal—
El dependiente conversa y le explica cómo aplicar los productos. Le regala una sonrisa a su nueva clienta preferida y vuelve al mostrador.

La mujer de la mella ya no tiene mellas en los dientes. Tiene un vestido negro, siempre ha sido muy tradicional, y toda una vida por delante.

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