domingo, 27 de enero de 2019

¿Ya es miércoles?

— ¿Ya es miércoles?
—No, abuelo.
—Entonces tráeme los calcetines rojos.

Las visitas al abuelo parecían ser la misma visita una y otra vez. Al menos desde que Carolina tenía uso de razón. Siempre eran en fin de semana, uno sí y otro no, y siempre pregunta si era miércoles. En caso negativo pedía otros calcetines, en caso afirmativo no se sabe aún qué pasaría, jamás había estado ahí un miércoles.



Todo empezó con la muerte de la abuela. Una mañana de viernes, hará ya cuatro años, cogió el teléfono y llamó a su único hijo: Liborio, el padre de Carolina.
—Niño, que tenía pensado morirme hoy. Tráete a la cría para que le traspase los poderes. Su madre mejor que no venga, no sé qué le ves a la estirada esa.

La estirada esa era Maripepa. Su único pecado era hacer yoga los días trisílabos. Por lo demás, salvo lo de no comer nada de color azul, era una mujer de lo más vulgar.

Liborio salió antes del trabajo advirtiendo que, por el entierro de su madre, se tomaría unos días libres. No sabía cuantos, aún no había muerto. Recordarán siempre ese día tanto Liborio como su hija Carolina: fue el día en el que las dos mujeres más importantes de sus días, mamá y la abuela, salieron de sus vidas.

—Buen viaje, cariño, llama cuando llegues— le dijo Maripepa.
—Pero… ¿no vienes?— inquirió Liborio extrañado.
—No, mi vida, es viernes: tengo yoga.
—No, corazón. Es VIER-NES, dos sílabas, así que el yoga es mañana SÁ-BA-DO.
—Osito, perdona que te corrija, pero es VI-ER-NES.
—Me temo, mi florecilla cabezona, que tiene diptongo. Ni siquiera tú lo puedes deshacer
— ¿Ah, no? ¿Y la bruja de tu madre sí? Seguro que sí. ¿Sabes qué te digo? Que te vayas con ella y no vuelvas más. Te dejo, no soporto esta situación.

Así fue como se separaron y Carolina no volvió a ver a su madre. Pasó a dedicarse en cuerpo y alma al yoga los días impares y fiestas de guardar.

La abuela era un poco bruja, ahí tenía razón Maripepa. Pero no bruja de mala, sino de maga. Además de las habituales pócimas para sanar las más diversas dolencias, estaba terminando quinto de Profecías y Vaticinios. Se encerraba en la fresquera para realizar sus sórdidos sortilegios y los salados ensalmos. Allí daba buena cuenta del vino, beber agua era de mal agüero, y de la matanza de hogaño.

Un día vio la luz. Tenía forma de pelota de tenis, amarilla y con pelitos. La siguió hasta encontrarse con un extraño ser. Parecía una gallina, pero enorme, y olía como su marido el día que se duchó para ir al médico.

—Tú —declamó la pelota de tenis, —señora que vive en esta granja, escúchame con atención. Te vas a morir cualquier día, ahora mismo no puedo concretar más. Pero tu marido, y eso te lo juro por mis cuernos, fallecerá un miércoles. No es gran cosa, pero menos da una piedra. Eso sí, el día que decidas morir tendrás que traspasar a una descendiente los libros de Profecías y Vaticinios para que termine el Master.

La pobre abuela se quedó muy decepcionada, pensaba acabarlo en septiembre como muy tarde. Sea como fuere un buen día tomó la decisión de palmarla, avisando antes a su familia. Mientras esperaba con su marido le informó: —Nene, te vas a morir un miércoles, hazme el favor de ponerte guapo ese día, no me hagas pasar vergüenza, que tú eres muy de significarte allá por donde caminas.

— ¿Ya es miércoles?— Preguntó el abuelo mientras ponía la mesa.
—No, abuelo, es sábado, por eso estamos papá y yo aquí. Miércoles fue hace tres días.
— ¡Mierda! Ya lo decía tu abuela, verás como la dejo en ridículo.

Dicho esto salió apresurado al cobertizo, tropezó con los gorrinos en su carrera, y alcanzó el armero. Los tirantes cedieron a la agitación y los pantalones a la gravedad. Con el calzoncillo largo de algodón por única prenda de cintura para abajo, agarró la escopeta para pegarse un tiro. Ante la atónita mirada de su hijo y su nieta se lo pensó dos veces. Se conoció, reflejado en un espejo que a saber qué pintaba en el cobertizo, y fue testigo de su patética y ridícula apariencia. —Carolina, cielo, ¿me puedes traer los calcetines negros? Eran los favoritos de tu abuela, llevo cuatro años reservándolos para este día.

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