viernes, 2 de agosto de 2019

Nictofobia

ESCENA 1ª

Rubén pensó que sería una buena idea asustar a su hermano. En el fondo era su derecho y deber consuetudinario por haber nacido catorce segundos antes. Hay quien dice que el gemelo mayor es quien sale último,  pero cuando Felipe apareció Rubén ya estaba allí. Punto para Rubén.


Ambos sufrían una fuerte nictofobia, terror enfermizo a la noche y a la oscuridad en general. Con siete años no era muy extraño, tal vez dentro de otros siete, si permanecieran los temores, irían a ver a algún loquero de saldo.
Con el miedo en el cuerpo, pero sacando fuerzas de la futura recompensa, se metió bajo la cama de Felipe. Ambos dormían en la misma habitación, sus camas estaban separadas tan solo por una mesita de noche donde descansaban los libros y un despertador sin pilas cuyas manecillas mantenían las ocho y cuarto permanentemente brillando en la oscuridad.
El plan era sencillo: cuando se sentara su hermano para dejar las gafas en la mesita y acurrucarse, le cogería por el talón. Ya se imaginaba el alarido histérico resonando a kilómetros de su casa.
Demasiado premeditado fue el plan. Mientras Felipe se lavaba los dientes con desesperante parsimonia, Rubén cerró un poco los ojos hasta quedarse dormido. Al despertarse todo estaba completamente oscuro, ni un ruido, ni un mísero fotón por entre las rendijas de puertas o ventanas. Rubén notó como la entrepierna se volvía húmeda y cálida mientras rompía a llorar llamando a mamá sin importarle parecer un bebé
miedoso. Cuando desapareció la tensión y el llanto volvió el sueño.

ESCENA 2ª

—Te juro que no lo he visto, mamá, se habrá acostado ya.
Rubén no aparecía por ningún lado y Felipe estaba preocupado, tanto o más que sus padres. Estar separado de su gemelo le producía una inquietud que rozaba la ansiedad. En pleno invierno, todas las persianas estaban bajadas y puertas y ventanas cerradas a cal y canto desde la seis de la tarde. Era imposible que hubiera salido de la casa, aunque los padres se asomaron al jardín para comprobarlo.
Felipe se quedó solo en casa. Aunque estuviera a unos metros de sus progenitores, pero estaba técnicamente solo. Con extrema habilidad y conocimiento fue enciendo todas las luces predecesoras antes de apagar la más mínima bombilla posterior. Tardaría un siglo en llegar así desde la cocina hasta el dormitorio, pero mejor eso que atravesar un par de metros a oscuras.
—¿Rubén? ¡Rubén! Si me quieres asustar ya lo has conseguido. Sal ya de dónde estés que esto no tiene gracia.— Un oscurísimo silencio era lo único que obtenía.
«Por tus muertos, que son los míos, más te vale no haberte escondido en el armario» pensaba Felipe. Se acercaba a una media de un cuarto de centímetro por hora al ropero mientras proseguía su soliloquio interno. «Los monstruos no existen, solo viven en nuestra imaginación. No hay ninguno en el armario, tan solo Rubén gastándome una broma pesada.»
Acercó la mano trémula y fría por el sudor al pomo del armario cuando escuchó tras de sí un espantoso rugido que provenía de la cama. Se quedó completamente petrificado, ni un músculo podía mover. Ni siquiera el esfínter.

ESCENA 3ª

Tephros suspiraba con los ojos hacia arriba como buscando respuesta en su cerebro, mostrando solo la esclerótica inyectada en sangre. Escondido en el armario se mantenía oculto sin posibilidad de salir: el niño tonto se había escondido bajo la cama y tras orinarse encima se había quedado frito; el otro permanecía en pie con el pijama chorreante frente a la puerta del armario.
Él, un pobre diablo, literalmente hablando, no sabía si curarles la incontinencia, la nictofobia o salir transmutado en colosal murciélago para terminar de matarlos de miedo. 

No hay comentarios: